qué sucedió. Y la maldita verdad es que te quise demasiado.
La caja. Eso es lo que te dejo. La cogí cuando nuestras cosas ya no cabían en el cajón de mi mesilla. Así que metí todo en la caja y está dentro del armario, y encima amontoné algunos zapatos que nunca me pongo. Cada uno de los recuerdos del amor que compartimos, los tesoros y despojos de esta relación, como la purpurina en los desagües cuando un desfile ha terminado, toda arremolinada contra el bordillo. Voy a tirar la caja entera de nuevo en tu vida, Ed, cada objeto tuyo y mío. Voy a tirarla en tu porche, Ed, aunque es a ti a quien estoy tirando.
Todavía quedan cosas que mostrarte. Sabes que me gustaría ser directora de cine; sin embargo, tú nunca fuiste capaz de ver las películas que surgían en mi cabeza, y por eso, Ed, por eso rompimos.
-------------------------------------
Lancé un grito ahogado como el de Al cuando le di el regalo perfecto.
—Me encanta esta canción —dijo alguien.
Seguramente haces siempre lo mismo en las fiestas, Ed: un lento y desdeñoso recorrido de habitación en habitación saludando a todo el mundo con un movimiento de cabeza y los ojos fijos en tu siguiente destino. Algunas personas te lanzaron miradas desafiantes, varios chicos chocaron los cinco contigo y Trevor y Christian estuvieron a punto de bloquearles el paso como guardaespaldas.
Trevor estaba realmente borracho y le seguiste cuando se escabulló por una puerta lejos de las
miradas; yo me obligué a esperar hasta que sonase de nuevo el estribillo de la canción antes de ir a
ver. No sé por qué, Ed. No es que no te hubiera visto antes. Todos te conocían, tú eres como, no sé, un actor al que todo el mundo ve crecer. Todos te habían visto antes, nadie puede recordar no haberte visto. Pero de repente, sentí una verdadera necesidad de contemplarte de nuevo en ese mismo instante, esa noche.
—¿Podría llamarte…?
Pensé que ibas a preguntar si podías llamarme Minnie. Pero simplemente querías saber si podías
llamarme. ¿Quién eras tú para pedirme aquello, a quién le estaba contestando que sí? Te habría
dejado, Ed, te habría permitido llamarme eso que odio que me llamen, excepto si lo hace la persona
que me quiere más que nadie. En vez de eso dije que sí, claro, que podías llamarme para, tal vez, ver una película el próximo fin de semana, y, Ed, lo que sucede con los deseos del corazón es que tu corazón ni siquiera sabe lo que desea hasta que lo tiene delante. Igual que una corbata en un
mercadillo, un objeto perfecto en un cajón de naderías, apareciste allí, sin invitación, y de repente la fiesta pasó a un segundo plano y tú eras lo único que yo quería, el mejor regalo. Ni siquiera lo había estado buscando, no a ti, y ahora eras lo que mi corazón deseaba
Te devuelvo la sonrisa y aquella noche, te lo devuelvo todo. Ojalá pudiera...
Esta es una entrada de la primera película que vimos. 5 de octubre, una fecha que jamás dejará de ponerme nerviosa
— Voy a comprar las entradas.
—Ya las tengo —dije.
—Vaya —respondiste—. Bueno, ¿qué puedo comprar yo? ¿Palomitas?
—Claro. En el Carnelian hacen de las de verdad.
—Estupendo. ¿Te gustan con mantequilla?
—Lo que tú quieras.
—No —dijiste rozándome el hombro; estoy segura de que no lo recuerdas, pero yo me derretí—,lo que tú quieras.
Conseguí exactamente lo que quería.
Fue un buen primer beso, suave e impactante, y puedo sentirlo ahora
Era algo más que la anciana pasando junto a nosotros, más que cualquier cosa que pudieras contemplar a la luz de la lluviosa tarde. Era el sueño de un telón que se abría, y te cogí de la mano para llevarte al otro lado, hacia algún sitio donde fuéramos más que una estudiante de cuarto y otro de quinto dándose el lote en un cine, algún lugar mejor que té para la chica y una merienda para el deportista, mejor que una tarde cualquiera para todo el mundo, algo mágico en una gran pantalla, algo diferente, algo… extraordinario.
Lancé un grito ahogado y te indiqué la dirección. Te ofrecí una aventura, Ed, justo delante de ti,
pero no fuiste capaz de verla hasta que yo te la mostré, y por eso rompimos.
Eso fue lo que pensé mientras descendía abstraída por la calle. Fue el 5 de
diciembre lo que visualicé al caminar juntos el 5 de octubre, vamos, vamos juntos hacia algo
extraordinario, y comencé a hacer planes, pensando que llegaríamos tan lejos.
La noche después de perder mi virginidad, después de que me dejaras en casa y tras varias horas
sobre la cama, sin hacer nada, cansada e inquieta, hasta que me incorporé y salí a contemplar el
atardecer en el horizonte…, esa noche desaparecieron otras siete u ocho cerillas. Y la tercera noche
fue después de que rompiéramos, lo que hubiera merecido un millón de cerillas, pero solo recibió las que me quedaban. Esa noche tuve la sensación de que, encendiéndolas en el tejado, de algún modo, las cerillas lo quemarían todo, de que las chispas de las llamas incendiarían el mundo y a todas las personas con el corazón roto. Deseaba que todo se transformara en humo, que tú te volvieras humo, aunque esa película sería imposible de hacer, demasiados efectos, demasiado pretenciosa para lo diminuta y mal que me sentía. Hay que quitar ese fuego de la película, no importa cuántas veces lo vea en las pruebas de rodaje. Pero lo quiero de todos modos, Ed, quiero conseguir lo imposible, y por eso rompimos.
---------------------
Hasta que, por fin, dijiste lo que te rondaba la cabeza.
—No conozco a ninguna chica como tú —aseguraste.
—¿Cómo?
—Que no conozco a ninguna…
—¿Qué quiere decir como yo?
Suspiraste y luego sonreíste y te encogiste de hombros y volviste a sonreír
—¿Estás enfadada conmigo? —preguntaste.
—No, no lo estoy —respondí.
—Ves, esa es otra cosa. No sé cómo explicarlo. Eres una chica diferente, sin ánimo de ofender
Min, ups, lo siento.
—¿Qué hacen las otras chicas cuando se enfadan? —te pregunté.
Suspiraste y te manoseaste el pelo como si fuese una gorra de béisbol a la que quisieras dar la
vuelta.
—Bueno, ellas no me besan como nosotros antes. Me refiero a que no toman la iniciativa, pero
luego, cuando se enfadan, dejan de besarme y no me hablan y cruzan los brazos, como enfurruñadas, y se quedan con sus amigas.
—Y tú ¿qué haces?
—Les compro flores.
—Eso es caro.
—Sí, bueno, ese es otro asunto. Ellas no hubieran comprado las entradas para la película como has
hecho tú. Yo pago todo, o tenemos otra discusión y les vuelvo a comprar flores.
Me gustaba que no fingiéramos que no había habido otras chicas, lo admito. Siempre había una
chica contigo en los pasillos del instituto, como si las regalaran con las mochilas.
—¿Dónde las compras?
—En Willows, por encima del instituto, o en Garden of Earthly Delights si las de Willows no
están frescas.
—Me estás hablando de flores frescas y piensas que Al es homosexual.
Un rojo intenso te cubrió ambas mejillas, como si te hubiera abofeteado.
—Esto es a lo que me refiero —dijiste—. Eres inteligente, hablas de forma inteligente.
—¿No te gusta cómo hablo?
—Nunca había oído a nadie hablar de ese modo —aseguraste—. Es como un nuevo…, como una
comida picante o algo así. Como si alguien te propusiera probar la comida del restaurante tal.
—Entiendo.
—Y luego te gusta —añadiste—. Normalmente. Cuando lo pruebas, no quieres… a las otras
chicas.
—¿Cómo hablan ellas?
—No dicen mucho —confesaste—. Supongo que lo habitual es que hable yo.
Te miré. Aquel día, Ed, estabas jodidamente guapo —ahora mismo me estás haciendo llorar en la
camioneta—, igual que todos los demás. Los fines de semana, cuando sabías que te estaba mirando, y cuando ni siquiera imaginabas que estaba viva. Incluso con estrellas brillantes molestándote en la cabeza estabas guapo.
—¿Y quieres que me siente en las gradas, que vea cómo ganas y las animadoras gritan tu nombre,
que te espere sola a que salgas del vestuario y que te acompañe a una fiesta con hoguera llena de
desconocidos?
—Cuidaré de ti —prometiste en voz baja. Alzaste la mano y rozaste mi pelo, mi oreja.
—Porque yo sería —insinué—, ya sabes, tu cita.
—Si estuvieras conmigo después del partido, serías más bien una novia.
—Novia —repetí. Era como probarse unos zapatos.
—Es lo que la gente pensará, y comentará.
—Pensarán que Ed Slaterton estaba con una chica
—Soy el segundo capitán —como si hubiera manera de que alguien no lo supiese en el instituto —.
Tú serás lo que yo les diga.
—Lo que estoy tratando de explicarte —dijiste— es que eres diferente, y tú no dejas de
preguntarme por las demás chicas, pero a lo que me refiero es a que no pienso en ellas, por tu manera de ser.
Me acerqué más.
—Repite eso.
Sonreíste.
—Pero lo he dicho fatal.
Lo que toda chica quiere decir a todo chico.
—Repítelo —insistí—, para que entienda lo que quieres decir.
—No seas así. Sabes que eres mi preferida.
Esa fue también la primera vez que contemplé aquella faceta tuya. La arpía se deshizo en un charco ondulante y sonrió por primera vez desde la era paleozoica. Le guiñaste un ojo y cogiste el cambio.
Debería haberlo considerado, Ed, como una señal de que eras poco fiable, pero lo tomé como una
demostración de tu encanto, razón por la que no rompí contigo en aquel instante y aquel lugar, como debería haber hecho, y ojalá, ojalá, ojalá hubiera hecho.
Y más besos en la parada, cuando terminó aquella cita, y tu grito al alejarte en zigzag después de que no te dejara acompañarme hasta la puerta, para no soportar a mi madre mirándote de refilón a lo largo de toda la acera mientras me preguntaba dónde demonios había estado.
—¡Te veo el lunes! —gritaste como si acabaras de descubrir los días de la semana.
Pensábamos que teníamos tiempo. Me despedí con la mano, pero fui incapaz de responder, ya que
por fin estaba permitiéndome sonreír tan ampliamente como había deseado durante toda la tarde, toda
la noche, cada segundo de cada minuto contigo, Ed. Mierda, supongo que ya te quería entonces.
Condenada como una copa de vino que sabe que algún día se romperá, como unos zapatos que se
rozarán rápidamente, como esa camisa nueva que no tardarás en manchar.
Ya te quería.
Tartamudear contigo o incluso dejar de tartamudear y no decir nada era tan hermoso y dulce, mejor que hablar a mil por hora con cualquiera. Pasados unos minutos habíamos dejado atrás los nervios, nos habíamos compenetrado, nos sentíamos cómodos y la conversación avanzaba a toda velocidad hacia la noche. Algunas veces solo nos reíamos al comparar nuestras cosas favoritas: me encanta ese sabor, ese color es guay, ese disco apesta, nunca he visto ese espectáculo, ella es increíble, él es un idiota, tienes que estar de broma, de ninguna manera, el mío es mejor, inocuo y divertido como las cosquillas. En ocasiones nos contábamos historias, hablando por turnos y animándonos: no es aburrido, está bien, te he oído, te escucho, no hace falta que lo digas, puedes decirlo otra vez, nunca le había contado esto a nadie, no se lo contaré a nadie más. Me relataste lo de aquella vez con tu abuelo en el vestíbulo. Yo te conté lo de aquel día con mi madre y el semáforo en rojo. Tú me contaste lo de aquella ocasión con tu hermana y la puerta cerrada con
llave, y yo, lo de mi viejo amigo y el trayecto equivocado. Aquella vez después de la fiesta, aquella
otra antes del baile. Aquel día en el campamento, de vacaciones, en el jardín, bajando la calle, en
aquella habitación que nunca volveré a ver, aquel día con papá, aquella vez en el autobús, esa otra
vez con papá, aquella extraña ocasión en el lugar del que te hablé en la otra historia sobre la otra
vez, las ocasiones que se reunían como copos de nieve en una ventisca que convertimos en nuestro
invierno favorito
Echaría a perder cualquier día, todos mis días, por aquellas largas noches contigo, y lo hice.
Debíamos pasar también los días, los luminosos e impacientes días que lo estropeaban todo con sus inevitables horarios que no coincidían, los fieles amigos que no se
marchaban, las imperdonables aberraciones rasgadas de la pared sin hacer caso a las promesas pronunciadas pasada la medianoche, y por eso rompimos.
Te diré la verdad: prefería cuando tú me ayudabas a tocarte, deslizando nuestras manos por encima y por debajo de tu ropa limpia, que cuando tú me acariciabas.
Cada vez que decías "Te quiero", lo decías de verdad. No era como la segunda parte de una película en la que Hollywood reúne a los mismos actores con la esperanza de que funcione otra vez. Se parecía a una nueva versión, con otro director y otro equipo intentando algo distinto y empezando de cero.
---------------------------------------------------
Es un recuerdo de la noche, admitámoslo ahora —un
Halloween de pura maldad—, de la noche en la que debimos haber roto.
--------------------------------------------------
—Pero creo que todo irá mejor, ya sabes, después —continuaste—. Mañana, quiero decir.
—Sé a qué te refieres —dije.
—Lo siento.
—No, creo que tienes razón.
—Te quiero.
—Yo también te quiero.
—Y sabes que puedes…, que no pasa nada si cambias de idea.
Me apoyé sobre ti, con fuerza, como si durante un segundo hubiera olvidado cómo mantenerme en
pie.
—No lo haré —aseguré, y era cierto. Aunque solo fue cierto entonces—. Nunca cambiaré de idea.
Estuvo a punto de no suceder, pero allí estaba sucediendo de todos modos.
—¿Esta vez ha sido mejor? —preguntaste.
—Se supone que duele —respondí.
—Lo sé —dijiste, y pusiste ambas manos sobre mi cuerpo—. Aunque supongo que lo que quiero
saber es ¿qué se siente?
—Como si te metieras un pomelo entero en la boca.
—¿Quieres decir que entra justo?
—No —respondí—, quiero decir que no encaja. ¿Has intentado alguna vez meterte un pomelo
entero en la boca?
Las risas fueron lo mejor.
-----------------------------
Sentí frío, sin razón alguna. Sentí calor, también sin motivo. Sonriendo, llorando, esta camiseta fue mi única compañía aquella noche y muchas otras después. Me la puse, esta prenda sin importancia que ni siquiera recuerdas haberme dado de tu mochila. Esto que te estoy devolviendo no fue un regalo. Fue apenas un gesto, casi olvidado ya, esta camiseta que llevé puesta como si le tuviera aprecio. Y se lo tuve. No me extraña que rompiéramos.
Mi mente traqueteó al intentar hacer las cuentas. Debías de haber dejado de pensar en mí porque
no podías dejar de pensar en Annette. Pensé en ella vestida con las cadenas, el hacha, y cerré el puño
en torno a estos malditos pétalos que ves aquí. No podías dejar de pensar en quién, pensé, una
fracción que fui incapaz de sumar mentalmente. Necesitaba ayuda, pero tú eras el único que sabía
utilizar bien el jodido transportador.
—Min, escucha…
—¡Estoy escuchando! —chillé. Te tiré el sobre (ahora le va a tirar el sobre a la cara) a la cara
—. ¿Estás…, cuándo…?
—Oye, en primer lugar nunca dije que no fuéramos a quedar con otras personas.
—¡Una mierda! —exclamé—. ¡Dijimos exactamente eso!
—Yo dije que no quería quedar con nadie más —por un segundo regresé al ruidoso autobús, fue
Halloween de nuevo y sentí el aire de la noche en los brazos—, no que…—¡Una mierda! ¡Dijiste que me querías!
—Y te quiero, Min, pero Annette, bueno, vive justo al lado. Y sabes que hemos seguido siendo
amigos. Quiero decir que tú tienes amigos, sabes cómo es eso, y nunca te lo he echado en cara…
—¿Que vive cerca?
—Así que venía algunas noches, solo para hacer los deberes o lo que fuera. Ella nunca se ha
llevado bien con Joan, así que estábamos siempre arriba.
—Oh, Dios.
—Le gusta el baloncesto, Min. No sé. Su padre era amigo del mío. Sabe escuchar. Y sí, la mayor
parte del tiempo actuamos solo como amigos.
—Tú… ¿te has acostado con ella?
Empecé a sumar noches, aquellas en las que no hablamos por teléfono, o si lo hicimos, fue
rápidamente. Las respuestas enfadadas y evasivas de Joan, que subía al piso de arriba dando
pisotones para ir en tu busca. Yo sabía escuchar, sé escuchar. Lo estaba escuchando todo. Pero no
decías nada, ni ahora ni entonces. Solo oía el agua que resbalaba por el suelo, una respuesta que
conocía, derramada del hermoso jarrón.
—Oye, Min, sé que no me crees, pero esto es duro. Para mí también. Es horrible, es raro, es como
si fuese dos personas y una de ellas se sintiera…, sí, Min, realmente… realmente, realmente feliz
contigo. Te quería, te quiero. Pero por la noche Annette llamaba a mi ventana y era como otra cosa,
como un secreto que ni siquiera yo conocía…
La estancia vibró, las puertas de cristal del frigorífico también. Te callaste. Debo de haber
gritado, pensé.
—Min, por favor. Fue…, somos…, diferentes, ya lo sabes —tenías la misma mirada que en la
cancha, pensando rápidamente una estrategia—. Debe de haber…, no sé, una película, ¿no? ¿No hay
una película que trata de dos tipos, gemelos creo, uno que hace lo correcto y otro…?
—Esto no es una película —repliqué—. Nosotros no somos actores de cine. Nosotros somos…,
oh, Dios mío. Oh, Dios mío.
En ese momento, clavé la mirada en algo, fijamente. ¿Cuántas cosas terribles se proyectarían
frente a mí, me pregunté, cuántas escenas malas en películas peores, estúpidos errores, cuántas
aberraciones que debían ser arrancadas de las paredes?
-------------------------------------------------
De tu boca no salió ni una sola palabra.
—¡Dime algo!
—No sé —dijiste, hermoso bajo el sol cada vez más tenue. Podría haberte tocado, quería hacerlo,
no podía soportarlo. ¿Quién eras, Ed? ¿Qué podía hacer contigo?
—¿Cuál es la otra opción? —grité—. ¿Qué otra cosa hay?
—Min, es diferente —dijiste, pero yo estaba sacudiendo la cabeza con violencia—. ¡Tú lo eres!
Tú eres…
—… diferente.
Eso fue lo que me destrozó. Huí calle abajo porque no era cierto. No lo era. Ni antes ni ahora.
Y la verdad es que no lo soy, Ed, es lo que quería decirte. No soy diferente. No soy bohemia como asegura todo el que no me conoce: no pinto, no dibujo, no toco ningún instrumento, no canto. Quería decirte que no actúo en obras de teatro, que no escribo poemas. No bailo excepto cuando estoy achispada en las fiestas. No soy deportista, no soy gótica ni animadora, no soy tesorera ni segundo capitán. No soy una lesbiana que ha salido del armario y se siente orgullosa, ni el chaval ese de Sri Lanka, ni una trilliza, una estudiante de instituto privado, una borracha, un genio, una hippie, una cristiana, una puta, ni siquiera una de esas chicas superjudías que tiene una pandilla con kipá y le desea a todo el mundo un feliz Sucot. No soy nada, es lo que le reconocí a Al mientras lloraba dejando caer los pétalos de mis manos, pero sujetando esto con demasiada fuerza como para permitir que cayese. Me gustan las películas, todo el mundo lo sabe —las adoro—, pero nunca estaré al frente de ninguna porque mis ideas son estúpidas y están desordenadas en mi cabeza. No hay nada diferente en eso, nada fascinante, interesante, que merezca la pena mirar. Tengo un pelo horrible y ojos de tonta. Tengo un cuerpo que no es nada. Estoy demasiado gorda y mi boca es increíblemente fea
Soy incapaz de correr cuatro manzanas o de doblar un jersey. Finjo como una imbécil, bromeo como una loca, perdí la virginidad y ni siquiera eso lo hice bien, accediendo a ello y poniéndome triste e irritándome después, aferrándome a un chico que todo el mundo sabe que es un gilipollas, un bastardo, un imbécil y un cabrón, queriéndole como si tuviera doce años y descubriendo toda la verdad de la vida en la sonrisa de un recorte de revista
Soy una imperfección imperfecta, una ruina ruinosa, unos restos manchados y tan destrozados que soy incapaz de descubrir lo que era antes.
No soy nada, nada de nada. La única particularidad que tenía, lo único que me diferenciaba, es que era la novia de Ed Slaterton, que me amaste durante unos diez segundos, pero a quién le importa, qué más da, porque ya no lo soy y qué humillante para mí. Qué error fue pensar que era alguien distinto, como pensar que las áreas verdes te convierten en una vista hermosa, que el que te besen te transforma en alguien a quien apetece besar, que sentir calor te convierte en café, que el que te gusten las películas te convierte en director. Qué absolutamente erróneo es pensar que es de otra forma, que una caja de basura es un tesoro, que un chico que sonríe es sincero, que un momento agradable es una vida mejor. No es espantoso pensar así, una niña regordeta en un salón que sueña con bailarinas, una chica en la cama que sueña con Nunca a la luz de las vela, una loca que piensa que la quieren y sigue a una extraña por la calle. No hay ninguna estrella de cine que camina por ahí, es lo que sé ahora, nola sigas pensando en eso, no estés ridículamente equivocada y sueñes con una fiesta para su ochenta y nueve cumpleaños. Todo se ha acabado. Ella murió hace mucho tiempo, es la absoluta realidad de lo que me golpeó el pecho, la cabeza y las manos para siempre. No hay estrellas en mi vida. Cuando Al me dejó en casa, exhausta y destrozada, para subir al techo del garaje y repasar todo de nuevo, llorando sola, no había ni siquiera estrellas en el cielo. Las últimas cerillas fueron mi única luz, lo único que me quedaba, y luego esas cerillas, esas que tú me diste, cabrón, esas murieron y se convirtieron en nada también.
—Soy la triste ex novia de la tribuna —respondí.
—No, estás aquí con nosotros —dijo Al con firmeza.
—Es lo único que soy —gimoteé—, y lo único que hago es cenar con mi madre toda deprimida, o
llorar en la cama, o mirar fijamente el teléfono…
—Oh, Min.
—… o escuchar a Hawk Davies y tirarlo para luego rescatarlo de la basura y escucharlo de nuevo
y repasar la caja otra vez. No me queda nada más. Soy…
—¿La caja? —preguntó Al—. ¿Qué es eso de la caja?
Me mordí el labio. Lauren lanzó un grito ahogado.
—Lo sé —dije—. Lo sé, lo sé, debería haber roto con él en Halloween.
—¿Qué es eso de la caja? —repitió Al.
Lauren se inclinó para mirarme fijamente a los ojos.
—Dime que no —exclamó—, prométeme que no tienes una caja con cosas, con tesoros de Ed
Slaterton, que has estado manoseando. Por Dios santo, no. ¿No te lo dije, Al? ¿No te dije que
deberíamos haber pasado por su habitación un peine de cerdas finas y haber quemado todo lo que
encontrásemos relacionado con Slaterton? En cuanto nos enteramos de su comportamiento canalla,
canalla, deberíamos haber alquilado unos de esos trajes antirradiaciones y haber saltado en
paracaídas sobre su habitación…
Lauren se calló porque yo estaba llorando, y Al se quitó el mandil y se acercó para abrazarme. Al
menos, pensé, no estoy llorando tan fuerte como la última vez.
—Es estúpido, lo sé —dije—. Es desesperantemente estúpido. Soy desesperantemente estúpida.
Ha sido una idiotez conservar todo eso.
Esto no te lo voy a devolver. Ni siquiera sabrías de su existencia si no te estuviera hablando de ello: de su enorme peso, de su estúpida etiqueta, de este pedacito de nosotros que no voy a soltar. Me hace sonreír, Ed, estoy sonriendo.
Y no, no es que sea mi película favorita pero tiene algo, a mi modo de ver. A ti no te gustaría. La razón por la que rompimos es que tú nunca verás una película como esa. El temblor de los cuencos de sopa, ese pájaro que pica semillas en un platillo, la manera en que aparece de repente el pretendiente, varias escenas antes de que estés totalmente seguro de que forma parte de la trama.
Cierro la caja, exhalo como una camioneta que se detiene, te la tiro con un gesto de desesperada.
Muy pronto me sentiré como esas personas felices, en cualquier momento a partir de ahora, sin
importarme amigos ni amante ni lo que contiene ni nada. Lo veo. Y lo imagino sonriendo. Te lo
prometo, Ed, también se lo estoy diciendo a Al, tengo una intuición.
Las intuiciones se tienen o no se tienen...
Y por eso rompimos.